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domingo, 3 de noviembre de 2024

180 litros por metro cuadrado. En una hora.

Algunos querían hacer un parque. Otro. 
No hay que darle más vueltas a lo que es un episodio natural catastrófico, y con precedentes muy recientes en la misma zona. La "gota fría" se ha cebado particularmente con Valencia, y el episodio de hace unos días es uno más -si bien particularmente intenso- de una larga serie que se puede trazar hasta la Edad Media y que tendrá continuidad en el futuro, como fenómeno natural que es. 

Esa es la principal causa: la naturaleza. El ciclo del agua, que se estudia y con razón entre los primeros contenidos de la escuela. Habrá que repetirlo todas las veces que sea necesario: la catástrofe sucedida en la Ribera Alta valenciana (o Horta Sud) es algo natural, bien documentada y cuyos efectos no hay que buscarlos en oscuras crónicas olvidadas, sino en periódicos, informativos y todo tipo de registros oficiales. 

Lo que ha sorprendido es la intensidad de la precipitaciones. O no, puesto que en la "pantanada" de Tous en 1982 se llegaron a registrar picos de precipitación aún mayores. 1982, en términos climáticos y geológicos, es hace un parpadeo. En esta ocasión se han registrado salvajadas como 180 litros por metro cuadrado en una hora, para un acumulado de 618 litros en 24 horas. Con esa intensidad se disuelve la tierra, se difuminan los cauces y se compromete la seguridad de cualquier infraestructura no diseñada específicamente para resistir esa precipitación (suelen ser casi todas, excepto presas y canales de derivación).

Esto viene a cuento porque, con ocasión de una riada histórica en Valencia capital, se decidió ejecutar el conocido como Plan Sur, una idea que se llevaba barruntando desde hace un siglo, y que básicamente era sacar el cauce del río Turia -en puridad, un torrente- de la ciudad y pasarlo con un bypass por el sur de la ciudad. Se diseñó con amplitud de miras, anticipando lluvias catastróficas como las de hace unos días, y ha funcionado a la perfección: estaba pensado para hacer fluir encauzados 5500 metros cúbicos de agua por segundo, y ni siquiera ha empleado la mitad de su inmensa capacidad (sección de 250 metros, altura de 7´5 metros: podría llevar el mismo caudal que el Danubio a su paso por Budapest)

Ha funcionado a la perfección, salvando a la capital de una catástrofe natural con precedentes. El problema viene con que no se hizo lo mismo con el torrente de Poio y la cuenca del río Magro, que son los dos cauces que, debido a la intensidad de la precipitación, han causado el desastre. ¿Y por qué no se encauzaron debidamente? Primero, por falta de dinero: el Plan Sur se financió por la ciudadanía de Valencia con impuestos especiales -durante años tuvieron que pagar un extra en el franqueo postal, entre otro impuestos directos creativos- y después el gasto público se ha dedicado a otras cosas; y, segundo, porque no es tan fácil hacer las expropiaciones necesarias en un territorio densamente poblado y con una variedad de usos económicos muy amplia. 

Aquí llegamos al segundo punto que ha causado la tragedia de este 2024: la incorrecta gestión del riesgo, algo enteramente atribuible al ser humano, a diferencia de la intensidad de las lluvias. Se consideró que un terreno llano, sin fronteras naturales, era urbanizable, y que incluso se podían hacer túneles o aparcamientos subterráneos. Así durante los sucesivos booms de la vivienda, algo muy patente en esa zona de España, y durante los paralelos ciclos económicos. En una zona inundable creció una mancha de pueblos (en puridad no lo son, son ciudades con decenas de miles de habitantes, formando un continuum apenas separados por la decreciente huerta) con una gestión del territorio y el urbanismo que ha despreciado de manera palpable los riesgos conocidos de la zona. 

Es como si en una zona sísmica se siguiese construyendo sin la normativa adecuada, pensando que nunca más va a haber un terremoto. Ni siquiera en Italia se hace algo así: tanto en la cuenca del Arno como en la del Tíber -ríos semisalvajes que no están regulados por un gran pantano- se mantienen grandes extensiones de terreno donde el caudal se puede aliviar en casos de avenidas y, si se ha permitido construir, es en casas donde no se puede habitar ni ocupar la primera o la segunda planta, en edificios que se sostienen como palafitos. 

El Plan Sur
En Valencia no. A la tradicional casa baja de la zona se han unido los pisos de apartamentos con varias alturas y su correspondiente garaje. Ni un muro de desviación o contención de las aguas por encima de la vista. Los torrentes, por el medio de la ciudad. Países como Suiza o Japón, sin duda mucho más ricos, afean y hormigonan el paisaje de sus pueblos o sus costas con muros y todo tipo de infraestructuras para paliar fenómenos similares de inundaciones catastróficas -por el deshielo, por un tsunami-, pero en Valencia no: se hizo el Plan Sur, y se acabó. Se ha gestionado muy mal el riesgo. Con precedentes que puede recordar un abuelo de precipitaciones de 700 litros/m2 no se ha hecho nada para paliar los efectos de la "gota fría" catastrófica que iba a suceder si o si. 

Es una culpa colectiva de las diferentes administraciones que se han sucedido en el Gobierno regional y el nacional. Las consecuencias están a la vista de todos, pero nadie tiene el derecho a hacerse el sorprendido, y más cuando llegamos a la última de las causas que nos han llevado a esta situación, en orden decreciente: el uso incorrecto del terreno en esta parte de España. Aquí entramos en un tema predilecto de este espacio como es el urbanismo, eso que condiciona en gran parte la vida que realmente vives, aunque no te des cuenta hasta en ocasiones como esta. 

La inmensa mayoría del terreno anegado temporalmente por las aguas era antes de uso agrícola, donde las riadas son incluso buenas: al igual que pasa con el Nilo, las crecidas y desbordamientos de este tipo fertilizan la tierra, esa tierra fina y fértil de la afamada huerta valenciana. Hay un vaso comunicante entre la chufa del río africano -su lugar de origen- y el tubérculo de la bebida más famosa de la zona. Si se inunda ese terreno llano, después rebrota con fuerza y las pérdidas materiales son insignificantes, porque lo que había era barracas y tendejones agrícolas. 

Sin embargo, se hizo caso omiso y se urbanizó gran parte de ese campo agrícola, que no es como otro cualquiera. Se urbanizó, además, sin medidas de protección especiales contra el fenómeno natural recurrente y ya explicado. Se pavimentaron calles, plazas, crecieron todos los pueblos hasta hacerse ciudades (en Madrid todavía hay gente que se refiere a Leganés y Móstoles como pueblos, Penélope Cruz llamó a S. Sebastián de los Reyes "my little village" cuando recogió el Oscar), se construyeron centros comerciales en las cercanías de grandes vías de comunicación que han hecho de barrera (la "pista de Silla" se inundaba frecuentemente por esto mismo) y el terreno perdió su capacidad de absorción, convirtiendo así las calles de polígonos industriales en canales artificiales que potencian la fuerza de las riadas históricas. 

Además de todo esto, conocido por cualquiera mínimamente interesado en estos temas, en este nueva tragedia española, con visos de tener amplitud de efectos de todo tipo, se vuelven a repetir dos fenómenos igual de recurrentes. Fenómenos transversales y que nos explican como país y sociedad. El primero de ellos es el analfabetismo matemático básico de gran parte de la población, incluyendo, por supuesto, las autoridades competentes. Es algo que vengo observando desde hace décadas, y que se encuentra en la base de tragedias recientes de todo tipo: si cobras 1.200 euros al mes, no te metas en una hipoteca de 240.000 euros; si el ritmo de contagio de un virus es exponencial (16, 32, 64...), no pienses en que no te va a pillar; si hay X camas de hospital en una ciudad, no pienses en que va a haber una reservada para ti en el momento en el que te contagies. Creo que se entiende: la gente común jamás piensa matemáticamente, aunque aparentemente sepa leer y escribir. 

Cuenca drenada por el Poio. No es pequeña, no
En la tragedia que nos ocupa, ha vuelto a pasar. Dicen las crónicas que en Catarroja y Aldaia ese martes 30 de octubre lucía el sol, que apenas habían caído cuatro gotas, pero ha quedado suficientemente demostrado que los organismos correspondientes habían informado de la certeza de lluvias con consecuencias catastróficas en la cabecera de los torrentes. Habían informado de precipitaciones bien por encima de los 180 litros por metro cuadrado, pero nadie -incluyendo las autoridades competentes que tenían que haber tomado las medidas pertinentes- lo había interpretado de la manera adecuada, y que se puede explicar fácilmente así: en una baldosa de 1 metro de lado iban a caer 180 kg de peso, 180 litros de volumen, como mínimo. Por ponerlo incluso en lenguaje que pudiese entender un niño pequeño, la edad mental a la que los responsables operan: 180 botellas de agua acumuladas en una baldosa de 1x1 metros, una encima de otra. Una encima de otra. Una encima de otra, si llegasen a caber, claro. 

Y la segunda de ellas es algo que podríamos definir como todo el país es una fiesta. En la tragedia del Alvia gallego -descarriló en Galicia, el conductor era gallego, el pasaje era gallego- al día siguiente era festivo, el Día de Santiago. Quería llegar sonando el claxon, como los camioneros, y nadie le iba a impedir incumplir el horario. En el Eurofighter estrellado el 12 de octubre volviendo a la base tras el día nacional, el piloto quería saludar a la mujer con un inchino -por usar la expresión del capitán que hundió el Costa Concordia-, se palpaba el ambiente de jolgorio de festividad. Actuación de Aoki en el Madrid Arena, ningún médico de menos de 75 años en el recinto, overbooking. Al día siguiente, Halloween. Sigan la pista, encontrarán muchos más ejemplos de anticipo de fiestas + tragedia. 

En esta ocasión, el aviso de la AEMET (alerta roja por precipitaciones excepcionales en una región acostumbrada) tuvo la mala fortuna de encontrarse en lontananza de un puente festivo donde a la hostelería -en Valencia y en otros muchos sitios, el auténtico poder reinante- le venía muy mal que los telediarios y demás medios de propaganda pusiesen lluvias, o calles embarradas, o problemas de cualquier tipo. En general, hay aversión a que las cosas puedan salir mal por causas de fuerza mayor. Un Tokyo 2021 -una olimpiadas aplazadas, sin público- jamás hubiese sido posible en un hipotético y felizmente evitado Madrid 2020. Tiene que haber siempre fiesta, festividad, gente en la playa a 1 de noviembre, terrazas llenas. Enséñales los dientes, que se vean. Que vean que somos felices y que nadie nos va a amargar, ni la lluvia ni la AEMET. Que se habrán creído. 

No me lo quito de la cabeza, igual que no me quito de la cabeza que una zona inundable recurrentemente no tuviese un sistema de alerta inminente como los altavoces que jalonan y afean Suiza, Japón, grandes partes de Rusia o Alemania, listos para ser activados cuando se requieran, incluso con 5´ antes de que llegue la riada, o que en los colegios y centros públicos de la Ribera Alta valenciana no se den sesiones periódicas de 15´ sobre cómo actuar cuando el agua volviese, porque iba a volver siempre. En todos esos otros sitios lo hacen para las diferentes catástrofes naturales que padecen: ¿terremoto? Ponte debajo del pupitre para evitar cascotes ¿incendio? sal a gatas para evitar el humo. ¿Por qué bajó gente en ascensor al parking? ¿No sabían que el ascensor no se usa jamás en cualquier alerta? ¿Jamás de los jamases? 

Insisto, habrá tiempo de buscar malos y perversos con nombres y apellidos -algo normal dentro de la infantilización de la política y el discurso público-, pero lo sucedido en la riada de Valencia de 2024 tiene raíces mucho más profundas, no atribuibles al corto plazo, y más bien a una forma de entender la vida. Se lo he puesto en negrita, por si no les apetece volver a leer la perorata de un ciudadano ante una catástrofe de origen natural, o por si les apetece apuntarlas para la siguiente ocasión.  

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(incorporado a 11/11/2024) Muy buen reportaje periodistico, usando tesis doctorales sobre el tema, sobre el Plan Sur, que complemente perfectamente este post. 

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Parece que finalmente habrá AVE Sevilla-Huelva, una tontería más de nuestra red ferroviaria, dado que la ganancia de tiempo será inferior a 10´. 

martes, 26 de noviembre de 2019

Pagar más por imbéciles

Un yo tenía de manual
En un país acostumbrado a vivir los éxitos individuales como colectivos es normal que el reparto anual de las Estrellas Michelín -una marca de neumáticos tiene el galardón más prestigioso de la gastronomía, y una tienda de muebles vende albóndigas-  se viva como un acontecimiento, contándose las estrellas del mismo modo que se cuentan las banderas azules, el número de transplantes y los puntos de los españoles en la jornada de la NBA. Como si jugasen juntos, o algo así. Soy español, ¿a qué quieres que te gane?

Hace pocos días se repartieron las estrellas Michelín del año, con el resultado de que un restaurante cántabro pasó de tener dos a tres, entrando así en el Valhalla gastronómico y del postureo. El propietario, entrevistado poco después del reconocimiento y envuelto en la retahíla de palabras hueras de su profesión ("queremos que el cliente perciba los aromas y el saber hacer de la elaboración de un buen pan. Nuestros platos siempre recuerdan a algo. Un jugo que se toma de un trago recuerda al cocido") no escabullía una pregunta malintencionada del periodista:

Hay cocineros que cuando reciben una estrella Michelin, automáticamente suben los precios de los menús. ¿Se lo ha planteado ya?

No nos hemos planteado esa posibilidad. Solo subiremos el precio si obedece a algún cambio y está justificado. Ahora, con la nueva estrella, reforzaremos el equipo, porque tendremos más reservas y tendremos que gestionarlo de otra manera. Si se sube no es por la oportunidad sino porque se aumente la experiencia
Bueno, pues 48 horas después de decir esto, resulta que el navarro cantabronizado Jesús Sánchez ha subido el precio de sus menús degustación un 20%.  Será que ya ha "aumentado la experiencia" en ese breve periodo de tiempo. O que ha "reforzado el equipo". O que simplemente vende humo, y sabe perfectamente que en el ámbito en el que se mueve puede subir perfectamente un 20% su producto, porque los clientes pagarán encantados esa experiencia única de comer algo distinguido y diferente a lo que puedan comer los demás.

La recordada campaña de Arola con Lidl
Algo debe saber de vender humo y otras tonterías. No en vano tiene la concesión del restaurante del Centro Botín, el horrible contenedor artístico plantado en Santander de nula programación y visitas a la altura -calcularon medio millón al año, llegan doscientas mil contando perros, gatos y jubilados-, pero cuya cafetería-restaurante está llena por eso del quedar bien de la sociedad local, y por las vistas que ofrece.

Es perfectamente compatible tener un restaurante de menús a 89, 120 y 157 euros (perdón, ahora a 109, 137 y 167 euros tras ser debidamente actualizados acorde a las estrellas Michelín) con tener otro de menús de día a 13 euros, porque así la gente no se va a dar cuenta de la auténtica cortina de humo que esta absurda burbuja del gusto y la distinción a través de la comida, especiamente representada por el vino y toda la tontería que le rodea.

Sin embargo, la gente puede ir a El Cenador de Aunós -una casona cántabra con entrada de carruajes, seguro que hay alguna familia por ahí diciendo yo (la) tenía...-  perfectamente consciente de lo que va a pagar y recibir, y en eso también consiste el libre mercado. Yo ya paso de calificar al que quiera ir a dilapidar su dinero a un sitio que sube los precios un 20% de la noche a la mañana sin cambiar en NADA la carta, simplemente inflado por una estrella. Si alguien quiere ser estafado conscientemente, que así sea. Es el país de Afinsa y de las mayorías absolutas del PP. No deja de ser consecuente.

País Vasco, ven y cuéntalo. Si puedes.
El problema viene en el otro caso que aparece en este post, en absoluto alejado de este. Ni siquiera geográficamente. Como saben, en el tema de la burbuja culinaria los vascos son unos maestros: en calidad, y en timos. La gente ya se ha olvidado de que en 2006 un estudio del Gobierno vasco descubrió (¡ja!) que uno de cada cinco txakolís vendidos de poteo no era más que vino blanco a granel servido muy frío y con una gota de gas carbónico.

No era tan difícil de saber viendo la ridícula extensión de la Denominación de Origen protegida de ese vino -incluso en estándares de tamaño geográfico vasco-, que desde entonces ha sido convenientemente ampliada, y así seguirá siendo hasta que vaya desde Hondarribia hasta Mutriku. Por lo menos. Del timo de que el 20% del txakolí servido en bares sea -perdón: fuese- vil garrafón y nadie se de cuenta no se ha vuelto a saber nada, será que ya no hace falta hacer estudios oficiales sobre el fenómeno.

Sí que se ha sabido, pero no precisamente por un estudio oficial, la otra pata de la mesa que cojea de todo este asunto, y que explica muy bien los fenómenos descritos. Hace poco más de un mes tuvo cierta repercusión nacional un artículo publicado por el donostiarra Diario Vasco en el que una pareja de oriundos y una de foráneos salía de bares, y a unos les cobraban el precio de amigo-local, y a otros el impuesto revolucionario de la maravillosa experiencia de comer pintxos -raciones de pobres- en San Sebastián, en ese marco incomparable.

Merece la pena leer el reportaje. Porque es muy sencillo, y porque incide directamente en algo bien sabido por todos, y aceptado con ese silencio tan típico de la zona. Seguro que a la redactora le habrán llovido amenazas de esas tan locales como las babarrunas y el olentzero, y por parte de los dueños -o los más aún peligrosos parroquianos- de los locales señalados con nombre, dirección y ticket, algo realmente inusual en el cerrado y sobaquero ambiente vasco, subsección hostelería.

Todo expuesto con precios, un clásico donostiarra
"Hace cuatro años que el volumen de turistas empezó a dispararse en la capital guipuzcoana y a su vez empezaron a asomar rumores de que algunos establecimientos hosteleros aplicaban tarifas diferentes a los clientes extranjeros y a los locales". Bueno, a fe de ser ciertos los rumores -y las certezas- existen desde hace lustros, otra cosa es que la increíble lluvia de turistas que ha caído por la Cornisa Cantábrica -y que llega hasta Asturias, impulsada por la culminación de la autopista- lo hayan hecho más evidente.

"En más de una ocasión habían sido testigos de cierta discriminación en el precio si el que pedía la ronda era extranjero en lugar de autóctono". El artículo está escrito asín-asín, como con miedo ("la suma de esos pocos céntimos 'extra' puede llegar a suponer una cuantía importante", cuando realmente se está hablando de varios euros de diferencia, incluso en consumiciones mínimas), aunque las conclusiones son claras: en cinco de los siete establecimientos analizados, la pareja foránea pagaba más por consumir exactamente lo mismo que la pareja autóctona.

Los bares y los precios con impuesto revolucionario se explican concienzudamente, como ya indicado, pero el testimonio más demoledor no se identifica, porque ahí son todos primos y se conocen: simplemente dicen de él que lleva diez años trabajando en la hostelería, y que hay "cuatro formas de cobro en función de si eres local, local premium, extranjero o extranjero con pinta de tener dinero", además de utilizar con tino del que carece la redactora la palabra más adecuada: "timo".

No conviene abundar mucho más en el asunto. Al revés de la casa de comidas con tres estrellas Michelín -donde la gente acude conscientemente a pagar un sobreprecio-, aquí es directamente estafada. Las autoridades no harán nada, ni siquiera investigar los arqueos de caja en esos establecimientos no muy diferentes de la cueva de Ali-Babá y los 40 apellidos vascos. La diferencia es que en este caso nadie quiere ser estafado, aunque algo de culpa tendrán al visitar el norte español, ahí donde no existe el ticket, donde se cobra un precio más bajo al local, y donde todo son excelencias culinarias para productos que muchas veces provienen directamente de la lata. Después vendrán los lloros: porque hay un hilo conductor entre las estrellas Michelín y pagar 50 céntimos más por un zurito de hobbit, y es la gallina de los huevos de oro a punto de reventar.
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Como era esperable en el famoso caso del narcosubmarino incautado en Galicia, el destino final era Asturias. Bastante lógico teniendo en cuenta que hay noticias recientes como esta, y más antiguas como esta otra. Auténtica #MafiAsturias, donde hasta los jubilados hacen de mulas naúticas para el narcotráfico.
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Buen repaso, sucinto y escéptico, al mito de Covadonga.
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Más o menos el resumen de por qué el libro electrónico ha resultado un fracaso.
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Extraordinaria galería de los disturbios okupas en eldistrito berlinés de Friedrichshain el 14 de noviembre de 1990, un año después de la caída del Muro.
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Extremadura es muy bonita, y los extremeños más aún.
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¡Valencia! ¡Valencia! ¡Valencia y sus infraestructuras! ¡Los del déficit de financiación!
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Solo el 5% de los trabajadores retrasa su edad de jubilación más allá de la edad del retiro. Esto es: rechaza a mejorar su pensión en cuantías del 2% o el 4%, porque lo que quiere la inmensa mayoría de la gente (el 95%, nada menos) es jubilarse. El artículo está lleno de otros datos muy interesantes.

lunes, 21 de octubre de 2013

Impuestos sobre comida basura

Están los paises innovadores en sus políticas, y están los países subdesarrollados que van siempre por detrás, buscando sólo la galería fotográfica, el impacto mediático y el populismo barato. Sin duda, México está entre esos últimos, especialmente desde que anunciase hace pocos días su intención de sumarse a las Fat Tax.

El impuesto mexicano pretende aplicar un 5% adicional de impuestos en alimentos que contengan más de 275 calorías por cada 100 g Al parecer, el 70% de los mexicanos tiene sobrepeso, y el Gobierno no ha tenido mejor idea que poner ese impuesto, una auténtica política recaudatoria puesto que los consumidores difícilmente irán a por alimentos alternativos en función del precio; de hecho, muchas de las comidas hipercalóricas son difícilmente sustituibles, y responden al antojo.

Además, no parece que el ejecutivo del televisivo Peña Nieto haya tenido en cuenta el fracaso de las políticas de Fat Tax en países mucho más desarrollados que el suyo propio, donde no deja de encarnar al típico blanquito de la oligarquía local que gobierna sobre 110 millones de ciudadanos que en su inmensa mayoría son de otro color de piel.

Dinamarca, uno de los países más avanzados del mundo y donde la obesidad no es el flagelo de salud pública que supone en México y en EE.UU, dio marcha atrás en su política al comprobar que nada menos que el 48% de sus ciudadanos hacían las compras fuera del país -bien desde Copenhague a Suecia a través del puente de Oresund, bien con la frontera con Alemania hacia los bien nutridos Aldi y Lidl- para evitar el impuesto, que en algunos casos había incrementado el precio de quesos y carne de cerdo en un 25%. Y Dinamarca es un productor mundial de estos productos.

Al igual que en la Ley Seca -o siempre que se ha puesto una barrera al libre mercado que supone ese ejercicio de libertad que es hacer la compra-, los ciudadanos/consumidores buscaban la manera de evitar el fisco recaudador, escondido una vez más bajo el mantra de la salud y el bienestar común, como el impuesto revolucionario que aquí se cobra bajo la fórmula de tasar aún más el precio del combustible con la excusa de financiar la sanidad pública a través del "céntimo sanitario", céntimo que en Castilla-León sube a cinco céntimos, sin adoptar el plural.

Coincidente con el fracaso danés, también se intentó aplicar medidas similares en Reino Unido -llamado pasty tax-, un país donde el dulce es más barato que el agua y omnipresente en todos los rincones, y también en Nueva York, donde se ha llegado a intentar aplicar en  bebidas carbonatadas e hiperazucaradas, y conocida como Soda Ban. En el caso de la ciudad americana, el multimillonario alcalde Bloomberg se cebó en los formatos de capacidades superiores a medio litro, pero la justicia -que en EE.UU siempre defiende la libre elección y la libertad de mercado- tumbó los planes del oligarca. Porque también hay oligarcas que no son rusos. 

Era el año 2012 y fue la edad de oro de las Fat Tax. Evidentemente, el fracaso danés echó atrás a todos los posibles abogados en pro de la salud individual y colectiva, siempre dispuestos a hacer de salvapatrias y arterias a la menor de las ocasiones, pero ya habían conseguido embaucar a responsables en Francia e Italia, e incluso en España empezó la campaña de propaganda.

De hecho, hubiese estado bien como continuidad a la ocurrencia que en 2007 tuvo la inestable y desquiciada gallega Elena Salgado, por entonces Ministra de Sanidad de Zapatero. La autora de la expresión "brotes verdes", la de la "batalla de la sanidad"  anunciada en El País Semanal, fue una pionera y denunció que una hamburguesa determinada de Burguer King contenía casi 1000 calorías y "superaba las recomendaciones internacionales de grasa saturada".

Dada las características de Ministerio de Sanidad, creó una alerta alimentaria y una mala imagen para la compañía en lo que parecía otra de las batallas zapaterianas contra molinos de viento, mientras al mismo tiempo se daban visados de obra para 800.000 viviendas al año: por eso había tiempo para perderlo en esas estupideces, o con la estúpida de bote de la Salgado, la misma que se candidó a la presidencia de la OMS sin ser médico.

Evidentemente, se han hecho grandes avances en la salud pública con medidas centrales: una de ellas ha sido reducir la cantidad de sal en la barra de pan, aunque en algunos sitios siguen vendiendo auténticas piedras de sal moldeadas con forma de barra de pan. Es una medida efectiva, con beneficios directos -pan se come cada día, hamburguesas no- y, especialmente, sin impuestos añadidos.

A nadie escapa que intentar desincentivar el consumo de unos alimentos que en muchos casos presentan rasgos de adicción -esa gente que bebe Coca-cola como sustituto del agua- con impuestos no es más que una medida recaudatoria, y que la salud es secundario. A ver como acaba el asunto en México, pero conociendo el país y el chacalismo de su clase dirigente, peor que el problema que intentan solucionar.

Aquí en España, donde la Marca España presume de ser el primer país productor de aceite de oliva del mundo (800 calorías por cada 100 ml, uno de los alimentos más hipercalóricos existentes, por mucho que se venda casi como una medicina), ya estamos preocupados porque en Reino Unido etiquetan los productos elaborados con la sangre de Jaén como lo que realmente son, aunque jamás los vendan con esa imagen. Al contrario. Aquí no ponemos ni el etiquetado adecuado, no vaya a ser que alguien algún día se den cuenta. Y cuando se ponga, a lo mejor también viene con un impuesto, porque en el sur de España la obesidad empieza a adquirir proporciones norteamericanas.
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La capital de la Comunitat Valenciana hace tiempo que está en Palermo.
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Cinco años del calado del túnel de Pajares, cinco años, y todavía sin abrir. Y una vez que se abra, el panorama en la simpática provincia asturiana es desolador: desde 2005 se han perdido 3 millones de viajeros de tren a favor de El Monopolio, nombre con el que no opera la famosa compañía de transporte de viajeros por carretera con origen en Asturias.
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De la serie Pasear chapa, llega una línea de media distancia con una tasa de cobertura con venta de billete de un espectacular 12´3% del coste del servicio. Fíjense cómo en la noticia se cita explícitamente a El Monopolio, camino de serlo aún más.
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Vivir de los manifestantes.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Valencia no tiene quien le escriba

Una gran edición la de aquel año
Tampoco hay que evitar los elogios cuando son merecidos: el reportaje de Josep Torrent sobre cómo la Comunidad Valenciana se ha quedado sin sector financiero en unos pocos meses es de lo mejor escrito que he leído en este año en la prensa española. Los mimbres no faltaban, pero se agradece el uso de un lenguaje que debería ser propio del periodismo -y más en estos casos- y que, hoy por hoy, vemos como una cosa extraordinaria cuando no debería ser así.

"Asalto", "Ambicioso", "Ansioso" o "los problemas de este político, correoso y frío como pocos" pueden inducir a pensar que este reportaje está lleno de insultos y descalificaciones, pero no: insisto en que está muy bien escrito, documentado e hilvanado, con momentos terroríficos de sólo imaginarlos, como por ejemplo la reunión en la que Zaplana repartió el poder. Sinceramente, recomiendo que lo lean.

No puedo añadir nada a lo relatado, y los efectos están a la vista de todos: tras Bancaja y la CAM, el último banco valenciano en caer ha sido el Banco de Valencia. Era el banco más antiguo -fundado por asturianos, como relata el experto conocedor de la historia empresarial de Asturias Javier Cuartas- y también el más débil comparado con los poderosos cimientos de barro y paja (¡un saludo a Blasco Ibáñez!) con las que contaban las dos primeras cajas, que llegaron a ser la tercera y la cuarta entidades financieras más grandes del país y con una capitalización muy por encima de los bancos.

El final de toda esta historia está a la vista de todos: Valencia se ha quedado sin sector financiero propio. Las causas también están muy claras: política y finanzas, pocas alabanzas. Sumen a esto la fenomenal especulación inmobiliaria vivida en la Comunitat Valenciana -alentada y favorecida desde el poder político, especialmente con su demencial Ley del Suelo que permitió que surgiesen engendros como Astroc- y la tradicional manera levantina de hacer negocios, y ahí hay un buen libro. Mejor que los de Chirbes. Un libro-reportaje, de esos que escasean en España, igual que los semanarios de información.

Por algo será. Un libro que recuperase que Zaplana, en 2002 y en plena borrachera de ladrillo, llegase a plantear trasladar el aeropuerto de Valencia -actualmente en Manises- a Sagunto, y para ello apelase a criterios de ecología. Afortunadamente no se realizó lo que era otra operación urbanística encubierta -hacer crecer Valencia ciudad hacia el oeste, visto que hacia el sur por la Albufera no se puede-, aunque la noticia llega a decir cosas que causan vergüenza ajena: "Los redactores del proyecto están convencidos de que se pagaría solo. El coste de las expropiaciones y de la construcción de todas las infraestructuras previstas se compensaría con los beneficios del aprovechamiento de los kilómetros de playa liberados. Naturalmente, solo grandes instituciones financieras podrían asumir tales inversiones".

Ahí está todo resumido, una vez más. Sin embargo, falta una recopilación sistemática donde se juntase todo: como Ryanair está expulsada del aeropuerto de Manises -por seguir con el tema de los aviones-, cómo el PP saca porcentajes de voto por encima del 50% en la región, la corrupción rampante y chulesca de Fabra, el veto a que Ikea se implante en la región...Valencia, para los valencianos. Y sus bancos, para los demás.

Por ejemplo, y para qué vean hasta que punto llega el nivel con el que los valencianos se guisan y se comen ellos solos su paella, está bien recuperar una historia que simplemente se puede calificar de italiana, en su vertiente del sur. Era finales de 2007 el candidato del PSOE en la región dimitía de su cargo por un escándalo de corrupción.

Como lo leen: dimite el de la oposición. Había perdido las elecciones de 2003 y las de 2007 de manera aplastante. No tenía acceso a ningún resorte de poder directo (aunque si local en Denia, el objeto de interés), y sin embargo se descubrió que un constructor le había pagado la reforma de su piso, y fue una reforma de nada menos que 78.000 euros. Que si ya lo iba a pagar, que si de estas cosas se encarga mi mujer...¿Por qué un constructor paga al líder de la oposición sin posibilidad alguna de rascar poder?

Para que todos estuviesen contentos. Para que nadie se quejase. En Valencia todo era un teatrillo, y el dimitido Joan Ignasi Pla hacia su papel a la perfección: tengan en cuenta que en 2006 planteó una moción de censura a Camps, ¡una moción de censura contra un presidente respaldado por mayoría absoluta abrumadora!. Un teatrillo al que Camps acudió hora y media más tarde, para favorecer la representación de que había algo.

Ahora que se está celebrando el juicio por los insulsos trajes de Camps, miren un poco más al fondo y no se queden en lo superficial. Sólo informan de lo menor, porque todos estaban metidos. Y en 2014, en las próximas elecciones locales y regionales, otra mayoría absoluta.