viernes, 8 de febrero de 2008

Manteca colorá

En el PP siempre ha gustado la figura del frontman. El que se brega, el que está siempre atento a enzarzarse, el bocazas, el tonto útil. No es que sea exclusiva del partido, vista la presencia de (P)e(P)e Blanco-White en el PSOE, pero si que es una constancia. Hace años, cuando todavía no habían gobernado, Luis Ramallo alcanzó cotas nunca superadas. Acabó enfangado en lo de Gescartera, con aquella inolvidable imagen de Rato negándole el saludo. Después vinieron Miguel Ángel Rodríguez, Pujalte y ahora Arias Cañete.

Este político, que fue Ministro de Agricultura con Aznar ("la ley sale por mis cojones", fue su aportación más decisiva), es actualmente el responsable económico del PP. Si, parece mentira. Con Juan Costa haciendo el programa y Pizarro como Ministro de Economía in pectore, su autoridad es más bien testimonial. Hace una semanas reclamó un "decreto brutal" para afrontar la ralentización de la economía, lo que refleja unos tics muy marcados: lo de que todo se resuelve a decretazo; y lo de brutal.

En su condición de frontman, ayer le tocó secundar el llamamiento del día anterior de su líder. Porque lo de Rajoy no fue una propuesta: fue un llamamiento. Un contrato de ciudadanía, sin ninguna explicación ni concreción. Arias Cañete, con su gracejo habitual, bajó a nivel de la calle lo que el gallego quiso decir pero finalmente no dijo, porque así le viene de nacimiento. No voy a reproducir lo dicho por el hombre que, en la imagen, lleva papeles pero probablemente no los vaya a leer. Es simplemente lo que piensa una gran mayoría de españoles, y sin mucha distinción política. Así de duro, así de simple.

Claro, pero otra cosa es que un responsable político baje al nivel de añorar los boquerones (faltó una referencia al anisakis) y la manteca colorá. Y eso fue lo más suave, porque la apelación a la mamografía es algo de muy mal gusto. Casi tanto como decir que en España las hacen gratis y en "15 minutos". Hace unos días empezaba este blog y repetí en varias ocasiones que el PP era un partido no racista, a diferencia de sus homólogos europeos. Lo sigo manteniendo, pero la tentanción de canalizar electoralmente un cierto descontento social -muy numeroso en votos- es muy poderosa. Por si acaso, la SER y todas la huestes antiPP, pero especialmente la SER, ya tenían desenfundada la palabra "xenófobo".

El problema del PP es que resiste muy mal la comparación con su acción gubernamental. Si tienen algún problema con que España albergue a 5 millones de inmigrantes (el 10% de la población), que hubiesen tomado medidas cuando estaban en el Gobierno, que fue cuando se produjo la primera ola de inmigración. A tenor de lo dicho por Arias Cañete, quieren mano de obra cualificada, limpia y aseada, pero sin derechos. No les faltan modelos: los españoles que emigraron a Europa en los años 60 y 70 fueron en calidad de "trabajadores invitados": se tenían que sacar su sanidad privada y su plan de pensiones privado. Y algo de eso hubo en la Ley de Extranjería aprobada por Aznar, que es la vigente: prohibir el derecho a la huelga o la manifestación, algo que acaba de tumbar el Tribunal Supremo.

Así, de esta manera tan grotesca, por este personaje de serie Z de la política española, se ha planteado el debate de la inmigración. Hasta entonces, había un auténtico pacto de silencio entre las grandes fuerzas. Ni siquiera era tema de debate: estaban ahí, pero eran invisibles. Bienvenido sea que los responsables políticos pongan sobre el tapete estas cosas, que atañen a todos los ámbitos del quehacer diario. Pero no en estos términos. El PP afianza así la confianza de sus votantes, siempre fieles, pero al mismo tiempo moviliza a esa izquierda perezosa, la que cuando vota al PSOE lo hace tapándose la nariz, como mal menor: vamos, la que le dió la victoria de 2004. Esa izquierda siempre ha visto tics xenófobos en el PP, más para afianzarse en sus propias creencias que porque propiamente los hubiese. Ahora les han dado la razón, porque como es un debate que nunca se ha encauzado ni planteado en sus términos correctos, cualquier declaración es susceptible de ser tildada con ese término griego tan conocido por todos. Ojalá fuese tan conocido su antónimo, la filoxenia.