jueves, 7 de febrero de 2008

La extraña relación del PP con la televisión

Hace unos días los informativos de Cuatro pudieron acompañar a Mariano Rajoy durante todo un día de precampaña electoral. La pieza resultante no salió del guión: se levanta pronto, se queja del frío, va a Valladolid en coche con "su chófer de siempre" y, ojito, allí se va a entrevistar a la televisión local. No la autonómica: la local. Al parecer, lo está haciendo en todos y cada uno de los desplazamientos.

Las televisiones locales no deberían existir ya. El apagón analógico debería habernos librado de esa lacra, pero ya se sabe que la implantanción de la TDT y la distribución de licencias no está yendo como debería. La estrategia de la gente que asesora a Rajoy no es muy original: es la misma que recomendó Karl Rove a George Bush en 2004. Ir a los medios locales minoritarios, para captar esos nichos de electores que reciben esos estímulos. Y Bush iba incluso a la radio pública de EE.UU, objeto de crueles sátiras en más de un episodio de Los Simpsons por su cutrerío, lo paleto de sus oyentes y una pregunta malvada por natureleza: "Ah, ¿pero todavía existe?".

Piensen en la gente de su entorno que ve regularmente las teles locales, con su mezcla de folcklorismo, noticias del barrio ("nuevo punto verde en la glorieta de Los Conquistadores") y caciquismo del alcalde de turno, que unta bien la emisora con fondos públicos. Son bien raros. Probablemente apolíticos o poco movilizados. Bien, pues Rajoy está consiguiendo hacerles llegar su mensaje. Eso es muy positivo: en democracia, cuanta más gente vote, mejor. Miren por ejemplo Chávez, que basa gran parte de su músculo electoral en haber extendido el voto a regiones y sectores de la población que antes ni siquiera conocían a los candidatos. Además, conviene no olvidarlo, el pueblo es soberano.

Por supuesto, el PSOE no sigue esa estrategia. Prefieren sus discursos maximalistas, sus promesas hechas en mítines y llenar de cuñas las radios mayoritarias, además de presentar ¡13! carteles electorales distintos, sobre fondo negro. Bueno, ellos sabrán. También recurren a asesores extranjeros, como los que han confeccionado su programa. Perfecto para los que creen en la mano conspiradora de la masonería internacional, como ese loco demente de De la Cierva. El día 9 de marzo veremos quien ha calado más en el electorado, pero mucho ojo a la estrategia del equipo de Rajoy, muy encomiable en todos los aspectos. Solo hace falta ver con que devoción le atienden en los medios locales, honrados -no es coña el término- con tan alta presencia. Literalmente, se desviven. Y pasan dos días seguidos hablando del acontecimiento.

Al mismo tiempo que el PP practica esa política mediática de acudir a pequeños medios, está dando largas sobre el prometido debate televisivo, que además tenía que ser por partida doble. Es la más pura tradición de la derecha española con la televisión: si no la controlo, no es fiable. Sólo así se explica la cabezonería en negarse a que uno de los debates se produzca en TVE, organismo público que pagamos entre todos los españoles. Incluída su deuda de 6.600 millones de euros, el mismo coste de la T4 de Barajas. Los argumentos del equipo de Rajoy son de los más peregrinos: en A3 porque tiene los informativos líderes (¿de qué? ¿de dar la metereología en EE.UU? Sigan la pista: no falla ni un día) y T5 porque es la televisión más vista. Y así, dando largas, lo más probable hoy por hoy es que no haya debate televisivo entre los dos candidatos de los únicos partidos con opciones de gobernar.

A fe de ser ciertos, en España sólo ha habido dos debates televisivos, y fueron para las mismas elecciones, las de 1993. En uno dijeron que ganó Aznar (muy discutible), en otro González pasó como una apisonadora por encima del hombre tranquilo de Quintanilla de Onésimo (esa era la estrategia de los asesores del PP por entonces, copiada del quiet man clintoniano de 1992). Es exagerado decir que ganó las elecciones por aquel brillantísimo debate, pero lo cierto es que para 1996 la gente del PP, que en teoría tenían que enfrentarse a un agotado presidente con 14 años en el cargo y toda la erosión que conlleva, la opción fue clarísima: nada de un cara a cara. Y Felipe dijo, tras la derrota por 300.000 votos, "nos ha faltado una semana más o un debate". Más claro, agua.

En los ocho años de aznarato (Tusell, en brillante definición) la opción del debate ni se contempló, dada la cerrazón del cuarto presidente de la democracia. Entrevistas con cuestionario previo, como las que le hacía Buruaga, muchas, pero un cara a cara, jamás. Fue perder el PP el poder el 14-M de 2004 y volver el ansia del debate. ¡Qué cosas más curiosas!. Para las europeas de mayo de 2004 volvieron los debates a televisión. Fue en Antena 3, Borrell contra Mayor Oreja, y el futuro presidente del Parlamento Europeo pasó por encima de Sandokán, únicamente capaz de hablar de su monotema, ese que le obsesiona, le nubla el juicio y le canea la barba. Arbitro de la contienda, la periodista semisubnormal Gloria Lomana, jefa de informativos de tu pantalla amiga. Ya nadie se acuerda de aquel momento, y es normal: viendo la calidad de las tres piezas del escenario, mejor correr un tupido velo.

Sin embargo, ese debate adquiere una significación especial a la luz de lo revelado en el recientísimo libro Si yo fuera presidente, dedicado a Rajoy. En contra de lo que pudiera indicar el título, no es un cuento infantil. Es un relato periodístico, bastante elegiático, del político de Pontevedra. Su relevancia viene porque confirma un rumor de aquella época: que Aznar estuvo a punto de presentarse como cabeza de lista al Parlamento Europeo en esas elecciones. Para vindicarse por un derrota que consideraba como suya (y con razón: se votó contra el aznarismo) y para tener inmunidad parlamentaria ante la seria amenaza de ser acusado de crímenes contra la humanidad en una de esas querellas circenses del colectivo No a la Guerra (y no a la Razón, también). Ahora bien, de haberlo hecho ¿Aznar se hubiese prestado a un debate televisivo?

Es probable que no. Como Rajoy. La extraña relación del PP con la televisión. O me quieres (adulas, lames los pies, abrillantes la gabardina) o no te quiero. Estoy mejor yendo a TeleAlcarria o PonferradaTV que ante el medio de comunicación de masas preferido para informarse por la inmensa mayoría del electorado. Y el caso es que probablemente tengan razón.

1 comentario:

Óscar Delgado Barrientos dijo...

Haces mención a varios temas que por si solos tendrían implícitos varios comentarios o debates.

En cuanto a la presencia de políticos de ámbito nacional en televisiones locales, creo que responde más bien al diseño de una estrategia de proximidad tendente a incluir los designios procedentes del área de comunicación de los partidos. Normalmente el líder político huye de esos marrones pero los acepta aconsejado por los expertos de comunicación que trabajan en sus respectivas organizaciones. Es como la estrategia del 'puerta a puerta', con la que se pretende dar la cara directamente ante un electorado previamente seleccionado de un mapa de intención de voto muy ajustado al real.

Respecto a los debates cara a cara en el 9-M, la propuesta más lógica es de la señal institucional abierta a todas las televisiones, independientemente del share de audiencia que presenten.

Hay más temas que has tocado, pero también hay más tiempo para dialogar. Saludos

Óscar
http://elblogdeoscardelgado.blogspot.com