miércoles, 23 de junio de 2010

El Síndrome de Diógenes, delito en Venezuela

La increíble fábrica del humor que es la Venezuela chavista no deja de proponer chistes y situaciones cómicas que merecerían un blog exclusivo. Aquí sólo nos llega lo más grotesco y visible de la Revolución Bolivariana que acabará dejando el país al nivel de Cuba y otros grandes ejemplos internacionales de economías intervenidas y estatalistas.

Sólo nos llega lo más grotesco y visible porque aunque la prensa nacional tiene querencia por informarnos de lo que pasa al otro lado del Atlántico como si nos interesase -y de Portugal, nuestro vecino, nunca dice nada-, y para rellenar las páginas de humor prefiere a Berlusconi, cuyo simple estornudo es noticia, que para eso es de derechas y pérfido y malísimo, mientras que Chávez sólo es un histrión al que reirle las gracias.

En Venezuela existe el llamado "delito de acaparamiento" desde 1994, unos cuantos años de la llegada democrática de Chávez al poder. Esta tipificado como una retención o restricción de la oferta, circulación o distribución de bienes o servicios de primera necesidad, con la finalidad de provocar escasez y aumento de los precios . La lista de esos bienes de primera necesidad es muy heterogénea, y va desde el vinagre hasta el lavado y engrase de vehículos, lo que en cualquier país se considera un servicio y no un producto. ¿Puede haber un acaparamiento de un servicio en un mercado libre? Sí, y se llama concesión administrativa, pero salvo que los talleres mecánicos en Venezuela estén regidos por funcionarios, la cosa no se entiende.

Chavez siempre ha llevado a cabo unos pintorescos planes para acabar con el hambre y la pobreza en Venezuela, como repartir comida gratis o ostigar a los productores ganaderos, porque según su particular visión suben el precio de la leche adrede. Además, ha conseguido centralizar la venta y distribución de muchos productos a través del Estado, como en esas exitosas economías de socialismo real que tanto beneficio dieron a la población que las padeció durante el siglo XX. El resultado más inmediato, como siempre que se paraliza la mano invisible del mercado, ha sido estanterías vacías y desabastecimiento de productos.

Evidentemente, la culpa de este fenómeno tan típico de la intervención estatal en la economía ha sido una especie de confabulación empresarial para acaparar productos y hacer que suban de precio, cuando de toda la vida los productores lo que hacen es pactar el precio para no hacerse la competencia, no desabastecer el mercado. En consecuencia, el delito de acaparamiento ha sido esgrimido para sancionar o amenazar con la expropiación a muchos empresarios que, simplemente, no tenían con que llenar las estanterías debido a que no pueden importar esos productos porque en Venezuela se aplica la penosa política de sustitución de importaciones. Los supuestos productores locales no aprovechan la oportunidad porque simplemente hay productos que no se pueden sustituir por la producción propia, y menos en un pais tan poco productivo y empeñado en engañar a la economía con el enorme chute de divisas que le procura su industria del petróleo.

¿Que Chavez prohibe importar mantequilla a pesar de que se vende casi regalada en los mercados internacionales y producirla en Venezuela cuesta diez veces más cara? Bueno, si cierra el mercado a las importaciones siempre habrá un empresario que se arriesgue a producir la mantequilla sabiendo que tiene el mercado asegurado. Sin embargo, esto es una distorsión del mercado y no siempre se llega a tiempo. De hecho, ahí están las colas y los desabastecimientos.

En consecuencia, el delito de acaparar ha girado hacia el ciudadano, que ya vive en sus carnes lo mismo que el homus sovieticus: si durante cinco días vas al mercado estatal buscando mantequilla y no la encuentras, cuando llega la partida de la granja "oficial", te llevas para casa varias unidades más de las que necesitas ante el riesgo de que te quedes sin ella. Y así empieza el trueque, porque este ciudadano intercambiará sus "excedentes"  de mantequilla por una rueda de camión a otro que tenga siete y ningún camión, pero que sencillamente las ha acaparado simplemente porque es su única vía de acceder a productos de primera necesidad.

En una economía dirigida e interventista como la venezolana, que va del paternalismo más rancio al dirigismo más soviético, todo ciudadano es susceptible de ser acaparador. Y como la ley la interpreta quien la interpreta, es probable que el síndrome de Diógenes llene las cárceles venezolanas no de opositores -todavía hay diferencias entre el régimen chavista y los peores ejemplos posibles, pero todo se andará-, sino de simples ciudadanos cuyo delito es haber dicho "a mí deme dos" ante la perspectiva de no volver a ver una botella de vino en dos meses.

La historia del chavismo y su revolución bolivariana está telegrafiada desde que a finales de los noventa llegó al poder. Al principio estos intelectuales ranciones que padecemos en Europa y Oliver Stone vieron algo en ella, una especie de barbudos cubanos de su generación. Que Carlos Andrés Pérez era un ladrón y además socialdemocráta, doble delito. Que Venezuela podía ser el Kuwait de Sudámerica y era un país con graves carencias. Que Chavez iba a solucionar todo eso. Pues sí: está consiguiendo que los problemas de Venezuela empiecen a ser los mismos de Cuba, y que es algo tan sencillo como que un ciudadano, cuando sale a la calle, su primer pensamiento sea el de ir a hacer la compra a ver que se puede llevar al plato hoy.
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El pinchazo de otra burbuja, en este caso académica. Y lo que tiene que venir.