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| Entre África y Europa, una vez más |
Cambio de hora, el auténtico cambio de hora, fue el que se produjo en 1942, cuando España adoptó la hora central europea como parte de los acuerdos menores con Hitler. Hasta entonces, nuestro país tenía una hora menos que Mitteleuropa, en función a su posición mucho más occidental. De ahi viene, al parecer, nuestra querencia por el vagueo, la siesta, el comer tarde y tantas y tantas cosas, como abunda este artículo de hoy mismo en el Washington Post (descacharrante foto, por cierto).
Como el reloj no está acompasado al sol, vamos siempre retrasados, en la más amplia acepción del término. Últimamente el asunto está rondando la agenda política porque el Parlamento va a debatir la conveniencia o no de este horario y, quien sabe, a lo peor volver a la hora que tuvimos entre 1884 y 1942, la GMT y no la GMT+1 de la que disfrutamos actualmente.
Yo miro el mapa y sí, veo que España está en una posición excéntrica respecto al corazón de Europa, pero veo el mapa político -que es el que cuenta- y veo que nuestro país está en Europa, y con la misma hora de los paises a los que aspira a seguir y parecerse. España tiene la hora de París, Berlín, Bruselas, Viena, Roma y Praga. No tiene la hora de Londres, no, pero tampoco conducimos por la izquierda.
Estaría bien que por complacer a una panda de tarados con nada mejor que hacer, ahora volviesemos a estar una hora retrasados respecto a Europa Central, pero con la misma hora que Rabat y Lisboa. Tiene cojones la cosa, y que se debata en aras de la racionalización de los horarios de trabajo o la compatibilidad familiar.
A ver si vamos delimitando áreas: aunque en España se retrase una hora el reloj, la gente seguiría llegando tarde a casa, y no precisamente por el afterwork. La gloriosa productividad española no se mejora retrasando una hora el reloj, igual que no se mejoraba devaluando la peseta, o no se ahorra dejando de invertir en educación. Basta ya de estas soluciones mágicas y que sólo sirven para maquillar los verdaderos problemas de un país, que no están en que hora se come o se coyunta con la pareja, siempre después del primetime.
En los noventa, Portugal sincronizó su reloj con el de las grandes capitales europeas, pero la aventura sólo duro cuatro años, ante el desastre causado. Huelga decir que Portugal es el país más occidental de Europa -geográficamente hablando- y que su disposición geográfica -una tira bastante uniforme y compacta de norte a sur de la Península Ibérica- favorece que no haya grandes diferencias de sol entre Elvas y Lisboa, o entre Braga y Oporto, tanto por poner ciudades sobre el mismo paralelo.
Toda esta operación suena a campaña de propaganda barata sobre un problema inexistente para que estemos cotilleando y no hablando de los auténticos problemas de este país. Hace unos años el partido nacionalista gallego también abogó por tener una hora menos que el resto del país, a la manera de sus primos portugueses, pero la razón no era de horarios, era simplemente la de cualquier nacionalista: ser diferente a los demás.
El conocido como huso horario gallego es propio de un chiste grueso sobre nuestro país. El huso horario gallego ya existe, como las meigas, pero no es una hora menos en el reloj: es esa región atrasada, con gran parte de su zona con usos -sin hache- políticos y sociales del siglo XIX, incluyendo el caciquismo, la esclavitud disfrazada (los caseiros) y la abulia de un horizonte vital no más allá de la aldea.
Parece que es lo que se quiere para este país: atrasar el reloj una hora respecto a Europa, que sigue siendo nuestro horizonte al que aspirar. El debate va sobre esto.
